6.15.2026

Por el Sánchez-Pizjuán

Eran mis últimos días en la ciudad y, inconscientemente, comenzaba a despedirme de las calles y de mis amigos. Venía del piso de mis amigos mexicanos,por la calle Juan de Juanes. Caminé hasta Eduardo Dato, hacia una de las estaciones de Sevici, y comencé mi camino de regreso a “casa” (mi piso).

Un par de cuadras más adelante, justo frente al Sánchez-Pizjuán, vi a una persona conocida: el guapísimo alemán, Sylvester Bubel. Él era roomie de los mexicanos y de las austriacas que vivían justo de donde yo venía. Detuve la bici; sabía que esa sería la última vez que lo vería.

Fue una sensación extraña. Le di un abrazo y nos deseamos suerte en nuestras vidas. El cruzó la calle y yo comencé a pedelear.

Años después, siempre me pregunté qué fue de él. Recuerdo que hablaba como cinco idiomas y que decía que algún día sería presidente de Alemania. Así que me di a la tarea de stalkearlo y, por fin, encontré algo de él. Y sí, parece que sigue siendo muy inteligente.

Pero más allá de lo que haya logrado o no, lo que realmente se quedó conmigo fue ese momento: ese instante sencillo, frente al estadio, en el que sin saberlo nos estábamos despidiendo para siempre. Porque al final, hay momentos que no parecen importantes, pero con el tiempo entiendes que eran parte de algo mucho más grande: una etapa, un grupo, una versión de ti que ya no vuelve.





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