Era un día normal en la secundaria y mi amiga Nancy me pidió que la acompañara a los tryouts para el equipo de fútbol de la escuela. Como no tenía nada que hacer, acepté.
Llegó la hora de la salida, 1:45 p. m. Era momento de dirigirse a los vestidores y ponerse el uniforme. Salimos a lo que fue una tortura para alguien que creía que sería fácil (típico de los hijos únicos, que creen que son buenos en todo porque no tienen con quién competir en casa😎).
Aquello fue correr y correr bajo los comunes 43 °C del verano, sin agua, rodeada de personas que parecían futbolistas o atletas de otros deportes, con una condición física que yo nunca había desarrollado. Al parecer, los 30 minutos caminando de ida a la escuela y otros 30 de regreso a casa bajo el sol no eran suficientes para quedar en un equipo. Mi amiga Nancy sí era súper fan del fútbol y yo sabía que le encantaba jugar, pero también parecía estarla pasando mal, aunque no tanto como yo.
Por fin nos dieron una "pausa de hidratación" (sorry, me moría de ganas de mencionarlo después de los juegos del Mundial), o un water break. Ahí estaba yo, formada para tomar agua del bebedero, sintiéndome cada vez peor, pasando de 0 a 100 % en cuestión de minutos... hasta que vomité, a un lado de la pared, frente a todos.
Qué humillación.
Ahí yacían en el piso las dos rebanadas de pizza, la galleta de chocolate, la leche de chocolate y las papitas fritas que había comido. Especialmente ese día había decidido comer muchísimo.
La maestra se acercó y me permitió regresar a los vestidores, que tenían aire acondicionado y bancas. Me cambié de ropa, me recosté un rato y luego me compré mi amado Powerade rojo de la máquina.
Por fin terminaron todos y mi amiga, que también llegó destruida, se rió un poco de mí. El hecho de haber sobrevivido a esa tortura le otorgó el derecho de burlarse un poquito. 😄
Ahora se presentaba el siguiente problema: no tenía dinero para tomar el autobús. Bueno... yo sí, pero ella no, así que no la iba a dejar sola.
Caminamos unos 15 minutos más bajo el sol. Seguramente ya eran las 3 de la tarde. Entramos a un restaurante y pedimos prestado un teléfono para que ella pudiera llamar a su casa, pero no le pudieron resolver nada. Nuestros papás trabajaban todo el día y, básicamente, nosotras teníamos que resolver este tipo de situaciones.
Entonces recordé que una compañera de la escuela vivía cerca, así que regresamos caminando otros 12 minutos. Le tocamos la puerta y, súper linda, nos dio algo de beber y una bolsita de monedas para el autobús.
Emprendimos nuestro camino de regreso a la parada y caminamos otros 15 minutos.
Vaya día. Lo logramos. La vida nos pateó como el balón de fútbol que ni siquiera tocamos, pero encontramos la manera de resolverlo. Ella se bajó primero del autobús y yo un rato después. Ese día llegué a casa como a las 4 de la tarde.
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